La fe (y el divorcio) es cosa de dos

                                                                        Enero 2011,

  • The New York Times: Aharon Friedman, asesor fiscal de los republicanos en el Capitolio, divorciado, padre de una niña de 3 años y judío devoto y practicante, se enfrenta a manifestaciones frente a su casa y a su puesto de trabajo, a campañas de prensa en su contra y hasta a llamadas desagradables a sus jefes. ¿Por qué? Porque se niega a romper el vínculo religioso que aún le une a su esposa, Tamar Epstein.

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La comprensión de la noticia exige cierto background para los no iniciados: Aharon Friedman y Tamar Epstein están legalmente divorciados por lo civil pero los tribunales rabínicos no dan por buena la disolución del matrimonio hasta que se cumplen ciertos requisitos. Como la anulación de la Rota para los cónyuges católicos. Sólo que lo de la Rota es cosa de dos, y aquí es más bien cosa de uno: la ortodoxia judía más exigente sólo reconoce al marido el derecho de "concederle" la anulación a la esposa. Ella por sí sola no es capaz. O el marido la libera, o queda "encadenada" a él de por vida, sin posibilidad de volverse a casar, por lo menos dentro de los márgenes de su fe. Esa es la situación en la que se encuentra Tamar Epstein.

El caso se ha abierto paso hasta las páginas del Times por donde trabaja el marido y por la inusual virulencia de la reacción de la mujer y sus seguidores, que han decidido ventilar este asunto religioso con todas las armas seculares a su alcance. Hasta los superiores de Aharon Friedman han sido conminados a presionarle para que deje "libre" a su esposa. Teniendo en cuenta lo delicado que es trabajar en el Capitolio, es decir, en política, no es imposible que la carrera de Friedman esté en peligro.

La tirantez y exaltación de los ánimos tienta a evocar el famoso caso Dreyfus, el del capitán judío del ejército francés cubierto de injusticia y de oprobio hasta que en su defensa se alzó la voz de Émile Zola en su mítico manifiesto "J’accuse". Sólo que en este caso, que son todos judíos y del tipo peleón, se hace difícil identificar quién sería Dreyfus, quién Zola, etc.

Una manera más creativa, o por lo menos alternativa, de abordar el asunto, sería sugerir a los señores rabinos y otros creyentes indignados que se planteen relajar un poco, sólo un poco, los rigores de género de su fe: ¿no iría siendo hora de que la anulación del matrimonio fuera una decisión más unisex, menos jerarquizada en la sacrosanta voluntad del marido? ¿No existe cierta irracionalidad teológica entre consagrar y mantener esa desigualdad y luego indignarse porque esta tiene efectos? Si el rabinato cree que los maridos entienden más de divorcio que sus mujeres, ¿cómo les cuestiona luego que quieran imponer su criterio?

Sólo que en este caso servidora se malicia que el quid de la cuestión va por otro lado. Que la carga de la prueba es otra. A saber: el divorcio entre Aharon Friedman y Tamar Epstein se envenenó cuando la mujer decidió unilateralmente mudarse con la niña de ambos, que ahora tiene 3 años pero en el momento de la ruptura apenas tenía 1, de Maryland a Philadelphia. Lo cual resultó devastador para el padre, que trató de obtener la custodia. No la consiguió y a cambio le concedieron tres fines de semana al mes, dos de ellos en Philadelphia.

Sobre el papel parece una concesión aceptable…si no fuera porque al caer la tarde del viernes empieza el Sabbat, el descanso judío absolutamente preceptivo para todos los practicantes estrictos, y que se prolonga hasta el domingo por la tarde. Durante ese tiempo no se puede ni conducir el coche. Con lo cual en la práctica Aharon Friedman puede elegir entre dejar de ser judío, dejar su trabajo e irse a vivir a Philadelphia, a ser posible en la puerta de al lado de su exmujer, o ver reducido al mínimo el tiempo que pasa con su hija.

Por supuesto Aharon Friedman podría meterse el Sabbat (y toda su fe) en el bolsillo. Pero otro tanto podría decirse de Tamar Epstein: ¿no está ya más que divorciada legalmente y secularmente? ¿Por qué es para ella tan importante el "otro" divorcio? Para rehacer su vida de acuerdo con sus creencias. Otro tanto pide su exmarido.

Montesquieu predicaba la separación de poderes, que aquí lucen con todo el esplendor del divorcio: el poder de una madre de privar al padre de la hija, el poder del marido de privar a la mujer del divorcio. Donde las dan, parece que también las toman, por desgracia.

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