La mala gestión de una crisis

Hay que centrar las políticas en las personas y no en los beneficios y los éxitos pasajeros

19/05/2011

Lluís Foix

LLUÍS FOIX

La creciente presencia masiva de jóvenes, jubilados, desempleados y gentes diversas en puntos simbólicos de las principales ciudades españolas ha desviado ligeramente la atención de la última semana de la campaña electoral que se desarrolla al margen de estas protestas en las que no se ven siglas de partidos políticos ni de sindicatos.

Es un movimiento sin líderes conocidos que aglutina el descontento que late en la crisis social que mantiene en el paro a buena parte de una generación de jóvenes bien preparados que no encuentran trabajo y que piden un cambio en la forma de gestionar los asuntos públicos. No son antisistema sino que piden que el sistema funcione con más transparencia, más democracia y más libertad. No hay dictadura mayor que una democracia sin libertad, escribía Alexis de Toqueville en su Democracia en América a finales del siglo antepasado.

En la última encuesta del CIS se señalaba a los partidos políticos como el tercer problema en nuestra sociedad azotada por la crisis. Se desprende de esa encuesta que los partidos ignoran la opinión y los intereses de los ciudadanos a los que se les pide el voto en listas cerradas y no se les vuelve a incordiar hasta dentro de cuatro años.

Las protestas tienen como telón de fondo lo que ha ocurrido en Islandia y lo que está pasando en el norte de África este año. Concentraciones inesperadas y rápidas de gentes que utilizan los canales de las redes sociales estableciendo complicidades y debates al margen de los medios de comunicación. No es una cuestión menor y harían bien los políticos que van a ser elegidos en escuchar las denuncias que lanza una juventud que muestra pacíficamente su frustración.

Al estallar la crisis en septiembre de 2008, el presidente Sarkozy habló de refundar el capitalismo. No sé si hay que refundarlo porque la historia reciente ha demostrado que es el menos malo de los sistemas. Lo que sí que hay que reformar es el código de conducta de los que lo han hecho fracasar. No se han pedido responsabilidades a los altos ejecutivos que capearon la crisis desde los tiempos de Bush hasta el presidente Obama. Ninguno de ellos ha sido procesado.

Es cierto que los políticos locales o nacionales son incapaces de enderezar una situación de naturaleza global que arranca en el proceso de desregulación que empezó en los años ochenta. Las decisiones que toman vienen impuestas por gobiernos e instituciones que han sido incapaces de reformar un sistema que ellos mismos contribuyeron a su fracaso.
Hay que recuperar la accountability, el rendir cuentas, la transparencia y la cercanía entre gobernantes y gobernados. Centrar las políticas en las personas y no en los beneficios y el éxito momentáneos de las élites, ya sean políticas, financieras o sociales. No ha fallado el sistema sino las personas que lo están gestionando.

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