Autopista al PP

 

El PP se ha llevado mucho más de lo que esperaban sus dirigentes y de lo que en las urnas le dieron los votantes

18/06/2011

Rafael Nadal

RAFAEL NADAL

Si Convergència i Unió fue la gran triunfadora de las elecciones municipales del 22 de mayo, el Partido Popular sale como claro triunfador de las negociaciones y de los pactos postelectorales, que culminaron el sábado con la constitución de la mayoría de los ayuntamientos catalanes: normaliza su presencia en las instituciones, se convierte en bisagra en muchas de ellas y se presenta ante los ciudadanos catalanes como un partido normal, moderno, próximo y pactista. Y no duden que va a exprimir con inteligencia esta nueva posición. Ante la ingenua y suicida pasividad de CiU y del Partit dels Socialistes, los populares han llegado con fuerza para convertirse en actores imprescindibles de la política catalana.

No soy partidario de criminalizar al Partido Popular ni de negar a sus representantes el acceso al gobierno de las instituciones catalanas si los ciudadanos les otorgan el apoyo suficiente para ello. Tampoco soy partidario de los grandes frentes postelectorales que a veces se han creado con el único objetivo de aislar a los representantes del partido de las derecha española, ni comulgo con quienes tratan de estigmatizarles como si fueran apestados en el ecosistema político catalán. Los ciudadanos que votan PP lo hacen libremente porque suponen honestamente que defenderán mejor sus intereses.

Pero de ahí a construirle al PP una autopista para que entre hasta el fondo de la política catalana y se convierta en la fuerza decisiva va un abismo. Sobre todo si tenemos presente que cuenta con un escaso 12% de los votos y que concita un notable rechazo entre el resto del electorado. El PP debe ser un actor político con plena normalidad democrática, pero debe hacer oír su voz con el volumen justo y exacto que le otorga en cada momento el electorado. Sus rivales más directos le han entregado muchísimo más.

Durante algunos días, CiU y PSC han flirteado con los pactos más cortoplacistas y han asumido riesgos enormes. Y no se engañen, pese a algunas rectificaciones de ultima hora, el PP se lleva la mejor tajada mediática: una gran operación de propaganda en Tarragona; la alcaldía de la tercera ciudad del país (¿están seguros de que García Albiol sería elegido alcalde de Badalona en una segunda vuelta cara a cara con cualquiera de sus rivales?); dos vicepresidencias de la poderosa Diputación de Barcelona (una máquina para penetrar en el cinturón); y la imagen de partido de gobierno en Catalunya, imprescindible para aprobar los presupuestos. Es mucho más de lo que sus propios dirigentes esperaban y más de lo que los votantes les dieron en las urnas.

No sé en que están pensando CiU y PSC. La coalición nacionalista tal vez busca vengarse y rematar al rival. Los socialistas seguramente actúan con el convencimiento antiguo y desfasado de que echando a Artur Mas en manos de Alicia Sánchez-Camacho desgastan a los dos al mismo tiempo. ¿No han pensado que muy posiblemente ya no desgastan a Convergència –los mismos socialistas han pactado con el PP en el País Vasco y lo hacen aquí en algunos municipios– y por el contrario legitiman definitivamente al Partido Popular a ojos de su propio electorado?

El partido de Mariano Rajoy ya normalizado tiene un recorrido enorme: sólo hay que echar una ojeada a los mapas electorales de otros países europeos para ver cómo los conservadores gobiernan en grandes ciudades y en antiguos feudos comunistas de las periferias rojas. Que consiga resultados por encima del 15% en el área metropolitana no debe extrañarnos; la anomalía es que no llegue a mayorías suficientes para gobernar. Este era hasta hoy uno de los éxitos de la política catalana, CiU i PSC se repartían el espacio al que ahora aspira el PP: en comarcas con un sesgo catalanista y ventaja para CiU; en el cinturón, con tintes más españoles y clara ventaja socialista. Ahora, unos y otros le devolverán a los populares los votos prestados.

Muchos votantes de CiU i del PSC deben estar perplejos. Sus líderes les han dicho una y mil veces que el PP es el principal instigador de las campañas más agresivas contra los ciudadanos de Catalunya y contra sus intereses: recurso contra el Estatut, boicots a productos catalanes, campañas infames desde Madrid y desde Andalucía. También les han dicho que el PP representa la derecha extrema y que coquetea con el franquismo. Les han insistido en que es el partido que radicaliza la política española y que busca ganar fuera de la política lo que pierde en ella. Ahora PSC y CiU, odiándose hasta límites irracionales, le han entregado la llave de la credibilidad.

Y un pronóstico final: el PP encontrará en la extrema debilidad de muchos gobiernos municipales constituidos el sábado el terreno abonado para proyectar una imagen de seriedad frente a la supuesta tendencia sociovergente a la componenda. Ballesteros sufrirá en Tarragona enfrentado a catorce concejales de CiU y PP resentidos con sus respectivas direcciones nacionales. También sufrirán por falta de estabilidad los alcaldes de Girona y Barcelona. Y el Gobierno de Artur Mas es débil para abordar las medidas que le esperan. PSC y CiU lo pagaran caro. Rajoy debe estar exultante.

PD: Dos recursos presentados por PP y ERC han impedido a día de hoy la constitución de los ayuntamientos de Barcelona y de Girona, la capital del país y una de sus ciudades enseña. No se si la culpa es de los recurrentes o de la lentitud desesperante de las juntas electorales. Pero en plena crisis política y económica se trata de otro símbolo demoledor. Otra vergüenza.

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