El malestar

 

Si las ideologías extremas, a derecha e izquierda, se apoderan de la crisis, la tragedia en las calles está asegurada

20/06/2011

Antoni Puigverd

ANTONI PUIGVERD

Me encantaría equivocarme, pero es así como lo veo: los tiempos era malos; y están empeorando. La crisis no tiene forma de A ni de U, sino de ángulo recto.

No es extraño que en la piel de la sociedad exploten las primeras alergias. Entenderlo no es fácil: hemos pasado en un par de temporadas del cuerno de la abundancia al precipicio de la bancarrota. Las informaciones que nos llegan son sesgadas e imprecisas. Por si fuera poco, los periodistas las presentamos como capítulos de una novela de terror: los mercados son invisibles monstruos que nos acosan; para aplacar la ira de los monstruos, Trichet y el resto de las autoridades europeas, como severos predicadores medievales, nos exigen austeridad y contención; y a pesar de que los gobiernos se arrodillan a los designios de los voraces mercados, las agencias de calificación nos castigan incluso por culpas que no son nuestras (cuando los griegos fallan, la prima de riesgo de nuestra deuda se dispara).

En paralelo al desconcierto, aumenta la irritación. Al malestar real que ya afecta a muchísimas familias, se añade un malestar potencial: el miedo a perder lo que se tiene. Por otra parte, el conflicto generacional que llevaba una década larvándose ha explotado en estas difíciles circunstancias: jóvenes sobradamente educados y sobreprotegidos despiertan del sueño de la felicidad en un desolado mundo sin horizontes. Las clases medias están asustadas. Han vivido unos años espléndidos, pero están perdiendo a gran velocidad el confort conseguido. El capitalismo popular no tuvo en España una Thatcher que lo teorizara. Ningún partido abanderó en exclusiva su expansión, pero todos (PSOE, CiU, PP, PNV) contribuyeron a ella. Sirvan estos ejemplos que remiten a personas reales: un obrero del metal descubrió que su pisito, construido en los sesenta, le había convertido en millonario; el aparcero cambió el tintorro por el crianza; pocos conserjes de una institución pública desconocían el sabor del jamón ibérico; los hijos del tendero veraneaban en las Maldivas; la hija del arquitecto se doctoró en Berlín y se especializó en Londres; el empleado de una caja mantenía tres casas y dos amantes (aquí, una; otra en Santo Domingo); no pocos profesores de instituto tenían noticia del caviar; una legión de alumnos de los institutos de la Costa Brava abandonó antes de los 16 años los estudios para ganar fortunas como peones de la construcción; bastantes médicos y abogados invertían en la cuarta residencia.

De repente, peligra no el caviar, sino el sueldo; no el crianza, sino el subsidio; no la tercera, sino la primera residencia. Diez años más tarde, aquellos alumnos que se marcharon sin título del instituto no tienen ya trabajo en las fantasmagóricas urbanizaciones abandonadas; pero tampoco tienen estudios. En cuanto a los que se doctoraron en Londres o Berlín, carecen aquí de expectativas e intentan quedarse allí.

El empobrecimiento de las clases medias las irrita y exaspera. Por contraste, la aparente seguridad y confort de la clase política generan envidia y resentimiento. Una parte de la empobrecida clase media es ferozmente antipolítica; el resto tiende a emparentar con la extrema izquierda (indignados de Barcelona); pero otro segmento mayor (quizás el que tiene miedo a perder, quizás el que teme los disturbios) votará en dirección contraria: Partido Popular. Ya las elecciones municipales han reflejado este escenario. El empobrecimiento de las amplias capas medias españolas las bifurca: la protesta es izquierdosa, pero el voto es derechista.

Aunque, en las comunidades autónomas, el PP ha implementado, en general, políticas de bienestar social de corte aproximadamente democristiano, cuando regrese al gobierno de España deberá dar juego a su ala más liberal. Por exigencias del guión. Y en menos que canta el gallo, explotarán los conflictos. Para entonces, el socialismo se habrá hundido (dato que las municipales han anunciado). Por consiguiente, de nuevo en la historia de España, la conflictividad social se expresará de manera enmarcado, sin dirección política clara.

Sabemos lo que pasa, en este país, principalmente en Barcelona, cuando una derecha dura se enfrenta a una izquierda sin liderazgo. Los peores fantasmas de nuestra historia podrían visitarnos. Es por esta razón que, salvando todas las distancias, es preciso leer los hechos de la Ciutadella del pasado miércoles no sólo desde el punto de vista de la legalidad, del orden público y del respeto inexcusable a las instituciones.

No crean que me acerco a los numerosos intelectuales catalanes que han justificado lo injustificable. Al contrario: me sorprende observar cómo regresan a las rojísimas asambleas de los años setenta muchos respetables representantes de la cultura oficial de estos 30 últimos años. Me escandaliza que después de 30 años de reformismo, el izquierdismo cultural relativice la democracia formal para justificar la violencia contra los parlamentarios.
Pero sería un error monumental que el Govern de CiU aprovechara la ocasión para dar alas a los sectores ultraliberales y abandonar a su suerte a los sectores de la sociedad catalana que expresan el malestar de fondo. Las corrientes centrales (socialdemocracia, democracia cristiana) están siendo barridas por la crispada coyuntura. Si las ideologías extremas, a derecha e izquierda, se apoderan del escenario de nuestra crisis, la tragedia en las calles está asegurada.

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