La austeridad que vuelve

Sábado, 16 de julio 2011

Los síntomas de empobrecimiento colectivo son perceptibles a nuestro alrededor

16/07/2011

Juan-José López Burniol

Juan-José López Burniol

En su último libro –que dictó por no poder escribirlo a causa de su enfermedad–, Tony Judt se refugió en la memoria para poder soportar las largas noches de forzada inmovilidad absoluta. Ordenaba los recuerdos de su vida y luego los almacenaba, debidamente clasificados, en las dependencias rememoradas de un hotel suizo en el que pasó de niño unas vacaciones con sus padres, idealizadas a sabiendas en su recuerdo. Este hecho contradice una idea que he repetido mil veces: somos personas porque tenemos memoria, pero podemos vivir porque olvidamos. Está claro que, en el caso de Judt, sucedió justo al revés: pudo vivir porque recordaba. Lo que confirma una vez más, por si hiciera falta, que no hay verdades absolutas. Sea como fuere, uno de los primeros recuerdos que Judt ordenó y almacenó hace referencia a la austeridad que reinaba en Inglaterra a lo largo de los años posteriores a la II Guerra Mundial. Nos dice que fue la unidad del pueblo británico –fraguada durante la guerra– "la que hizo tolerables las características escaseces y grisuras de la postguerra"; y explica que, "desde la guerra, los ricos mantenían un prudente perfil bajo; en estos años había pocas manifestaciones de un consumo llamativo; todo el mundo tenía el mismo aspecto y se vestía con los mismos tejidos –estambre, franela o pana–, la gente usaba colores discretos –marrón, beis, gris– y llevaba vidas similares". Su conclusión es clara: "Para todo aquel cuya memoria no vaya más atrás de los últimos años 50, austeridad es una abstracción". Pero fue esta austeridad la que hizo posible que Harold MacMillan pudiese asegurar –en 1957– que a la mayoría de su auditorio "nunca les había ido tan bien". Detrás quedaba la tarea de Clement Attle, a quien Churchill describió burlonamente como un hombre modesto "que tiene mucho sobre lo que ser modesto", pero que impulsó una de las etapas de mayores reformas de la historia británica y vivió austeramente, cosechando pocas ganancias materiales en una vida entera dedicada al servicio público. Fue un representante ejemplar de la gran época de reformadores de clase media, moralmente serios y vitalmente sobrios.

Este ambiente de austeridad imperó durante buena parte de la edad de oro de la socialdemocracia –las tres décadas posteriores a la II Guerra Mundial–, cuando el pensamiento keynesiano vertebró la respuesta dada a una situación de emergencia, impulsando la regulación de los mercados y el establecimiento de un sistema fiscal capaz de financiar unos servicios de salud y educativos, así como unas prestaciones sociales, que redujesen las desigualdades e hiciesen viable la paz en la justicia. Para Keynes –se ha dicho–, la mejor defensa contra el extremismo político y el colapso económico era incrementar el papel del Estado, lo que significaba, entre otras cosas, la intervención económica contracíclica.

Hoy, no queda en Occidente ni rastro de aquel ambiente de austeridad. La historia es pendular y, a partir de fines de los 70 –con la llegada de Margaret Thatcher, seguida poco después por Ronald Reagan–, las cosas comenzaron a cambiar: se fomentó la desregulación, con el pretexto de la liberalización, y se redujo la presión fiscal con la finalidad de liberar recursos. Todo ello sometido a la decisión inapelable de un nuevo Dios –el mercado–, a quien toda sumisión se debe y todo sacrificio es grato; y en cuyo templo ofician –con ritos abstrusos y lenguaje para iniciados– buena parte de los financieros, bien asistidos por una cohorte de economistas y leguleyos que ejercen de monaguillos. El hundimiento del comunismo pareció confirmar lo acertado de la receta, y, por un momento, pareció avizorarse el fin de la historia, pero pronto se comprobó que era un espejismo.

Estamos entrando paulatinamente en una era de inseguridad económica y política. Las transacciones financieras han desplazado a la producción de bienes o servicios como fuente de las fortunas; y los nuevos ricos son hoy más ricos y ostentosos que nunca antes lo fueron. Los síntomas de empobrecimiento colectivo son perceptibles a nuestro alrededor. Las desigualdades sociales aumentan hasta un nivel insoportable. En resumen: durante los últimos treinta años hemos tirado por la borda buena parte de los mecanismos establecidos para compensar las carencias privadas con la previsión y la provisión públicas. Con el añadido de que, en muchas ocasiones, la relación entre el poder político y el financiero ha venido marcada por la dependencia de aquél, lubrificada por la colusión y sus encantos.

Pero a la fuerza ahorcan. La crisis del 2008 ha sido el final de la escapada. Un final que para los blancos se acentúa –y cobra caracteres de fin de ciclo– por la pérdida definitiva de su explotación colonial de medio mundo durante quinientos años. Ha vuelto el Estado y ha vuelto para quedarse durante bastante tiempo. Lo han ido a buscar los mismos financieros, que hace dos días lo despreciaban, para evitar su colapso. En suma, la necesidad crea virtud. Volveremos a ser austeros.

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