El sensacionalismo de la vergüenza

José Mourinho ha impuesto una rivalidad malsana, basada en la discordia

 

Sergi Pàmies

SERGI PÀMIES

La idea según la cual Mourinho se está cargando el fútbol español, verbalizada por Piqué, contiene elementos sugerentes de teoría de la conspiración. Más allá de la reacción espontánea, sin embargo, podríamos forzar la idea hasta límites de demencia recreativa. Hipótesis para matar el tiempo durante una no-jornada como la de ayer: la intención de Mourinho es ganar la Liga y la Champions de un modo infausto y, con la complicidad de Jorge Mendes, completar un currículum excepcional (Porto, Chelsea, Inter). De paso, también pretende desunir al rival más potente (España) para cuando sea seleccionador portugués y castigue a los que más han puesto en evidencia su egolatría paranoide.

Lástima que la realidad no siempre se ajuste a la ciencia ficción: la huelga de ayer certifica que el fútbol español tiene el suficiente talento para autodestruirse solo. La suma de incompetencia e irresponsabilidad de muchos clubs, varias administraciones y el sindicalismo gremial son la base de un deterioro que, amparado por un marco legal absurdo, sacraliza el incumplimiento de muchas leyes (empresas que no pagan el IVA y la Seguridad Social siguen fichando y firman acuerdos que comprometen a no declarar parte de los ingresos) sin que la fiscalía –niThe New York Times– actúe. La trama de negligencias no interesa, igual que, en la cúpula del fútbol, la presunción de culpabilidad en compras y ventas de partidos se mantiene en una zona lo bastante oscura para justificar la ceguera. De los partidos y organismos oficiales no se puede esperar nada (bueno). Prefieren no enfrentarse a un electorado que no sólo acepta los fraudes del fútbol sino que, con populismo incluido, contribuye a mantenerlo cuando alguien intenta aplicar medidas correctoras (véase el episodio del Celta y del Sevilla y la delirante asamblea con intervenciones protohispánicas de Jesús Gil y Joan Gaspart).

En una situación económica tan delicada como la actual, que mantiene privilegios laborales y empresariales basados en representatividades no representativas, el dedo en el ojo ha actuado como gran maniobra de distracción. A Mourinho le ha bastado ese gesto grotesco y deportivamente irrelevante para dinamitar el sistema.

Ha contaminado la jerarquía de méritos (incluso los propios: el Madrid jugó mejor y Messi impuso su hecho diferencial), ha perjudicado el prestigio de su club (a cambio de reforzar el victimismo como nueva seña de identidad –Florentino Pérez no lo admitirá pero el principio del desastre madridista empieza con el despido de Vicente Del Bosque) y ha borrado la dimensión crítica de la huelga para imponer un sensacionalismo malsano, basado en la discordia.

La madrugada del jueves, el dilema era claro: o éramos lo bastante inteligentes para aplicar la lógica del fútbol y cortar el incidente con serenidad y firmeza objetiva (más información que opinión, más sanciones que comunicados) o sucumbíamos a la espiral pirómana de histrionismo justiciero. Al elegir la opción más fácil, y confundir el análisis con la prédica, hemos conseguido que la Supercopa no pase a la historia por dos partidos futbolísticamente vibrantes y una feliz victoria del Barça (o por el prometedor debut de Fàbregas, que confirma la voluntad competitiva interna del equipo de esta temporada) sino por el dedo de Mourinho en el ojo de Vilanova.

La (des)proporción entre todo lo que hemos escrito y comentado y la mezquindad del gesto nos retrata a todos. Quizá por eso, sería bueno pedir que, de cara a la posteridad, Mourinho y Vilanova donen su dedo y su ojo respectivos para una sala del museo del Barça en la que se expongan, junto a los genitales panchovillescos de Hugo Sánchez y el pie pisoteador de Hristo Stoichkov, elementos de nuestra anatomía más extravagante.

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