De cerdos e incívicos

La grandeza de la libertad no está sólo en aquello que permite, sino también en aquello que prohíbe

Pilar Rahola

PILAR RAHOLA

Le doy la razón a Susana Quadrado cuando afeaba en su artículo la poco planificada rueda de prensa del concejal Puigdollers, para hablar de lo que cuestan los meones al erario público. A pesar de su profesionalidad, Puigdollers se limitó a hacer un canto al civismo sin mostrar soluciones, lo cual sonaba más a cortina de humo –el mismo día de la muerte de una usuaria del bicing– que no a programa solvente.

Quizás son sus muchos años de oposición, cuando se podía permitir lanzar banderas al viento sin tener letra pequeña. Pero el verbo gobernar no se alimenta de pancartas sino de iniciativas tangibles, y de ello escaseó el notable regidor. En cualquier caso, el día que muere una ciclista, no es de recibo contraprogramar con un tema subalterno, aunque sea algo tan llamativo como la alegría escatológica.

Dicho lo cual, el tema tiene su enjundia y no sólo por el coste público que representa el descontrol urinario de unos miles de incívicos. También porque es otro síntoma de un problema cada día más agudo: la progresiva descivización –perdonen el palabro– de nuestra sociedad. Y empezaré por el enunciado: el civismo es un pilar básico de las sociedades libres. Allí donde había caos, el civismo pone orden, un orden inteligente, amable, cuya eficacia permite vivir en tolerancia. No escupir por la calle, no mear, no practicar sexo… no es sólo una cuestión de respeto al prójimo, es también el garante de la convivencia. Como he escrito otras veces, la grandeza de la libertad no está sólo en aquello que permite, sino también en aquello que prohíbe, porque es el establecimiento de los límites propios lo que asegura la libertad ajena. La única posibilidad de convivir sin fracasar es con una cultura cívica arraigada que pone ley colectiva allí donde podría reinar el caos individual. Sin embargo, de un tiempo para acá el civismo se plantea como uno de esos conceptos fuertes demonizados, cuya defensa se convierte, por arte de insólito birlibirloque, en una cuestión ideológica. Extraño transformismo, porque el civismo no es de derechas o de izquierdas, sencillamente es, y su falta no hace más progresista una sociedad; la hace más insolidaria y más bárbara. El tema de las micciones, por ejemplo. El drama no es que hayan aumentado en las zonas donde hay situaciones marginales, sino en las zonas de ocio joven, donde parece ser que muchos jóvenes evacuan sus ingestas de alcohol sin ningún pudor. Si añadimos la renovada moda del escupitajo, o de la juerga en la calle a altas horas, podemos concluir que el civismo está cada día más desacreditado. Como si ser joven y libre significara poder ser incívico. Por supuesto ni son todos, ni la mayoría, pero la tendencia es a peor y ahí radica la alarma. Porque cuanto menos prestigio tenga el civismo más desprestigiados estamos como sociedad. Y entonces no seremos más libres, sólo más salvajes.

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