VIURE DEL CUENTO

 

Cortar por lo sano

La oficina de empleo llamó al parado, a ver si estaba en condiciones de trabajar

31/03/2012

Quim Monzó

QUIM MONZÓ

La tendencia a intentar vivir del cuento es mundial y no la frena ni la actual crisis, que tendría que hacer ver a todos que el hecho de tener trabajo es una bendición que no se puede despreciar. Que eso no es así lo demuestra la noticia de ese parado austriaco, de 56 años, a quien la semana pasada llamaron de la oficina de empleo. Querían comprobar su estado de salud y ver si estaba en condiciones de volver a trabajar. Ante la posibilidad de que pudiesen verificar que, efectivamente, estaba en condiciones -y que, por lo tanto, dejaría de cobrar el subsidio que debe haber estado cobrando- cogió una sierra eléctrica y se cortó los dos pies, a la altura de los tobillos.
La noticia la ha dado la ORF, la radiotelevisión pública de Austria, y a nosotros nos ha llegado gracias a las agencias Reuters y Europa Press. Como es fácilmente imaginable, tras cortarse los pies el hombre sangraba abundantemente, pero sin embargo tuvo suficiente coraje para completar el trabajo: tiró los pies al horno, para que se quemasen. Acto seguido fue hacia el teléfono para llamar a una ambulancia: "cojeando", dicen las agencias. Pero no se entiende cómo podía cojear si acababa de cortarse ambos pies. ¿Se aguantaba sobre los muñones sangrantes? Tampoco se entiende que expliquen que lo operaron para intentar volver a colocarle los pies. ¿No los había tirado al horno? Si los había tirado lo más probable es que estuvieran bien socarrados. Pero si lo intentaron era que no lo estaban. ¿Quiere decir eso que el horno estaba apagado? Entonces, ¿por qué los tiró dentro? En cualquier caso, el hecho es que no consiguieron volver a colocárselos.
Hay que ser vago para preferir quedarse sin pies -para siempre- antes que tener que volver a trabajar. Yo había oído historias de hombres que, cuando aún existía el servicio militar, se cortaban un dedo -generalmente el pequeño- para así no tener que ir. Pasaba aquí y en medio mundo. En el libro Joyeux et demi-fous, Paul Rebierre, que fue médico militar en las colonias africanas de Francia, habla de que en un momento determinado se produjo una "epidemia de mutilaciones del pulgar". Habla de que otros se cortaban la mano a la altura del puño, con un hacha. Explica que un hombre colocó la mano entera en la vía del tren para que cuando pasase se la triturase, y otro, que estaba en la prisión de Téboursouk, en Túnez (cuándo Túnez era un protectorado francés), hizo que un compañero le reventase los dos ojos. Todo para escapar a la vida militar. La diferencia con el austriaco de ahora es que este no se amputa los pies para no tener que combatir y, quizá, morir, sino por simple pereza de trabajar. Me gustaría saber si seguirán pagándole el subsidio o si, habiéndole visto el plumero, se lo cancelarán de inmediato, pero me temo mucho que, una vez más, las agencias de noticias pasarán de informarnos de estos detalles finales, los más sabrosos.

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