Cuando el agente 007 es ella

 

En su libro ‘Historia mundial de los servicios secretos’, Rémi Kauffer subraya el papel de las mujeres en el proceloso mundo de la inteligencia

 

Cuando el agente 007 es ella

Christine Keeller. Nacida en Gran Bretaña en 1942 fue protagonista del caso Porfumo LVE

Cuando el FBI detuvo, el 27 de junio del 2010, a Anna Chapman en Nueva York, el mundo descubrió hasta qué punto las espías de verdad pueden parecerse a las agentes encargadas de seducir y neutralizar a James Bond en la ficción. De origen ruso, Chapman, o Anna Kushchenko, no tiene nada que envidiar a las espectaculares mujeres que tratan de acabar con el incombustible 007. Acusada de trabajar para la Agencia de Inteligencia de espionaje exterior de la Federación Rusa, fue deportada a Rusia después de haberse infiltrado en los círculos políticos norteamericanos a fin de obtener información sobre la política de Obama ante la estrategia nuclear iraní.

El estilo de la sexy pelirroja es contrapuesto al de Alfreda Bikosky en el libro de Kauffer. Bikosky, que inspiró el personaje de Maya interpretado por Jessica Chastain en el filme Zero dark thirty, fue la jefa de la unidad Global Jihad, encargada de dar caza a Bin Laden. Descrita como una mujer poco femenina -apenas hay imágenes de ella-, se la conoce como reina de la tortura, apodo que recibió por los métodos empleados en su unidad para extraer información a los presuntos terroristas detenidos, pero que Kauffer cree inmere­cido.

La espía más mítica es sin duda Mata Hari, célebre bailarina fusilada en 1917 cerca de París tras ser condenada por alta traición. Durante la Primera Guerra Mundial, mantuvo innumerables relaciones con militares de alta graduación pertenecientes a ambos bandos. Tras el personaje rodeado de exotismo y misterio que ella misma construyó, se ocultaba Margaretha Zelle, joven holandesa bella y apasionada, pero artista mediocre. Como espía no era mejor. "Una nulidad", sostiene Kauffer. A juicio del autor, fue ejecutada más en nombre del "orden moral" que por su actividad como agente doble. "Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico", justificó Mata Hari. Según Kauffer, la primera en mezclar geopolítica y asuntos de cama fue la lady Stanhope. La agente británica intentó obtener secretos de Estado de Napoleón a través de su amante, que a su vez era espía francés.

Otra famosa bailarina, Josephine Baker, hizo de agente secreta durante la Segunda Guerra Mundial. En ambos planos salió más airosa que Mata Hari. Ayudó a la resistencia francesa y utilizó sus partituras para ocultar mensajes con valiosa información para los aliados.

Entre las espías que contribuyeron a derrotar a los nazis, destacan la polaca Krystyna Skarbek, cuyo nombre de guerra era Christine Granville, y la norteamericana Virginia Hall, Marie of Lyon entre sus muchos alias. Ambas trabajaron para los servicios británicos. Skarbek inspiró al padre de James Bond, Ian Fleming, el personaje de la agente Vesper Lynd en Casino Royale y a Tatiana Romanova en Desde Rusia con amor. Hall, descrita por la Gestapo como "la más peligrosa de las espías aliadas", tuvo una brillante carrera pese a su cojera, debida a la amputación que sufrió en una pierna. La prótesis que llevaba a partir de la rodilla tenía su propio nombre en clave, Cuthbert. Tras recibir la Orden del Imperio Británico por su labor -transmitió información clave para el desembarco de Normandía-, regresó a Estados Unidos como agente de la CIA.

En España, la norteamericana María Aline Griffith, más conocida como condesa de Romanones por su aristocrático matrimonio con Luis de Figueroa, desveló en sus memorias los entresijos de su época de agente infiltrada en los círculos de poder del franquismo bajo el nombre en clave de Butch. Su perfil encaja en el imaginario colectivo de la mujer atractiva y políglota que mantiene una doble vida: respetable esposa de día e intrigante conspiradora de noche.

Seguramente más de un gobernante ha perdido la cabeza -y el cargo- en los seductores brazos de una espía. Pocos de estos escándalos han trascendido a la opinión pública como lo hizo el que, en 1963, hundió a John Profumo, ministro de Defensa del Gobierno conservador británico encabe­zado por Harold Macmillan. Su querida, la modelo y cabaretera Christine Keeller, que también se acostaba con un conocido traficante y con un espía ruso, fue acusada de transmitir información sensible al KGB. Igual que Katia Zatuliveter, asistente y amante del diputado liberal Mike Hancock -y miembro del Comité de Defensa- detenida en diciembre del 2010 por el MI5, negó ser una espía. Probablemente, Bond no la habría creído.

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