Nuremberg

Los últimos testigos de Nuremberg

  • Nonagenarios que hace 70 años participaron en el juicio a los líderes del régimen nazi de Alemania por crímenes contra la humanidad relatan lo que vieron y oyeron

Acusados en el banquillo. Nurember, 1946. En la primera fila, con gafas oscuras, Hermann Göring. A su lado, Rudolf Hess, Joachim Von Ribbentrop, Wilhelm Keitel y Ernst Kaltenbrunner (AFP)

MARÍA-PAZ LÓPEZ, Nuremberg. Corresponsal

22/11/2015

En la sala de audiencias número 600 del palacio de Justicia deNuremberg, el mobiliario es otro, pero la huella de la historia se percibe en cada esquina y es imposible sustraerse a la atmósfera de evocación del horror. En esta sala de paredes enmaderadas comenzó hace ahora 70 años el proceso penal a la cúpula del régimen nazi alemán, un acontecimiento sin precedentes en el que los vencedores de una guerra se esforzaron por proporcionar un juicio justo a los responsables de crímenes de lesa humanidad, que habían sido vencidos. El juicio empezó el 20 de noviembre de 1945 a las diez de la mañana, y anteayer viernes, fecha exacta del septuagésimo aniversario, tres ancianos que de veinteañeros participaron en el proceso, se disponían con emoción a relatar sus recuerdos. Son algunos de los pocos testimonios de aquellos días que aún viven.

“Los acusados habían ocupado puestos muy importantes en el régimen nazi, habían sido capturados y era evidente que se sentían atrapados”, rememoró el norteamericano Moritz Fuchs, de 90 años, que entonces era un soldado que ejercía de guardaespaldas del fiscal jefe estadounidense, Robert H. Jackson. Por ese motivo, el joven Fuchs estuvo siempre presente en la sala de audiencias y lo vio todo.

En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler y los poderosísimos Joseph Goebbels y Heinrich Himmler se habían suicidado, pero los aliados lograron capturar a otros jerarcas principales del régimen nacionalsocialista. Fueron acusados 24 hombres (uno de ellos se suicidó antes; otro no estuvo presente por motivos de salud; y un tercero, prófugo o muerto, fue juzgado in absentia), de modo que en el banquillo de Nuremberg se sentaron 21 acusados. Entre ellos figuraban Herman Göring –considerado el número dos del régimen–, Rudolf Hess, Joachim Von Ribbentrop, Wilhelm Keitel y Julius Streicher, entre otros. También fueron procesadas seis “organizaciones criminales”: el Gobierno del Reich, la cúpula del partido nazi, las SS, las SA, el estado mayor y el alto mando de la Wehrmacht, y la Gestapo.

“Esos hombres a veces parecían desconcertados ante las pruebas que se les mostraban; algunos admitían haber oído hablar de esto pero no de aquello –recuerda el católico Fuchs, que tras la guerra y el juicio se ordenó sacerdote–. Cuando se proyectó en esa pared de ahí una película de Auschwitz, algunos exclamaban ¡oh!, como si estuvieran sorprendidos”. En los 218 días de juicio declararon 236 testigos, se vieron imágenes de los campos de concentración liberados, y se mostraron pruebas espantosas, como la cabeza de un prisionero asesinado usada como pisapapeles.

Para la opinión pública mundial, el proceso de Nuremberg significó el descubrimiento y divulgación de los horrores del Holocausto. Fue cubierto por periodistas de todo el mundo. La Vanguardia, en su edición del 21 de noviembre, día siguiente a la apertura, publicó una extensa crónica de la agencia Efe en la que se detallaba el comportamiento de los acusados: “Rudolf Hess tenía la mirada fija hacia adelante, sin mover un solo músculo de la cara; Von Ribbentrop contemplaba la pared, mientras Göring miraba al suelo y Von Papen trataba de comportarse como si no le afectasen a él para nada las acusaciones que se leían”.

Les juzgó un tribunal militar internacional establecido por las cuatro potencias vencedoras de la guerra (Estados Unidos, Unión Soviética, Reino Unido y Francia), que aportaron tanto los jueces como los fiscales. “Que cuatro grandes naciones, eufóricas por la victoria y laceradas por la afrenta, refrenen su venganza y entreguen voluntariamente a sus enemigos cautivos para ser juzgados por la ley, es uno de los tributos más significativos que el poder haya rendido jamás a la razón”, argumentó el fiscal jefe de Estados Unidos, Robert H. Jackson, en su alocución del 21 de noviembre, segundo día de vistas.

Ahí estaba entonces el estadounidense de origen alemán George Sakheim, que tiene ahora 92 años, que trabajó como intérprete de alemán y de inglés. Sakheim no traducía en la sala de audiencias –“de eso se ocupaban intérpretes más veteranos y reputados”, aclaró–, sino en los interrogatorios de los magistrados en celdas, cara a cara.

Así fue como el joven Sakheim vivió dos sesiones de interrogatorio con el comandante en jefe del campo de exterminio de Auschwitz, Rudolf Höss (no confundir con Rudolf Hess). Höss no figuraba entre los acusados, sino que era un testigo de la defensa: “Höss explicó cómo Himmler le había comunicado que el Führer había ordenado la solución final de la cuestión judía, y ellos en las SS tenían que llevarla a cabo; que, de no hacerse en este tiempo, el pueblo judío acabaría destruyendo al pueblo alemán”.

Al judío Sakheim –nacido en Hamburgo, que de niño emigró a Palestina y luego a Estados Unidos, todo ello antes de que estallara la guerra– se le humedecían los ojos este viernes en la sala 600, ante un auditorio sobrecogido, mientras relataba cómo tuvo que traducir a Höss explicando su rutina asesina. “Iba diciendo cómo organizaba las cámaras de gas para conseguir matar a diez mil personas al día. Yo tenía 22 años, y era extremadamente difícil para mí escuchar esas atrocidades; estaba horrorizado. Esos nazis eran gente horrible”. (Rudolf Höss acabaría siendo extraditado a Polonia, donde fue condenado a muerte, y ahorcado en 1947 en el campo de Auschwitz.)

Este proceso celebrado hace 70 años resultó catártico para aquella Alemania en ruinas, en la que muchos cobijaron su connivencia moral con el régimen focalizando la culpa en sus dirigentes. Se escogió como sede Nuremberg –que estaba en la zona de ocupación estadounidense– porque, aunque la ciudad había sido casi arrasada por los bombardeos aliados, el palacio de Justicia, construido en 1916, había quedado casi incólume. Y detrás del palacio estaba la prisión, donde podían ser alojados los acusados. Aunque no fue determinante en la decisión, Nuremberg aportaba también un valor simbólico: en esta ciudad de Franconia se celebraban los congresos nacionales del partido nazi en los años treinta, con sus miles de militantes uniformados portando hachones, y aquí se promulgaron las ominosas leyes raciales de 1935.

Setenta años después, la famosa sala número 600 continúa albergando juicios –sólo es posible visitarla si en ese momento no está siendo utilizada–, mientras buena parte de la fachada de esa ala del edificio queda tapada por un taller de reparación de automóviles. Durante decenios y desde que los estadounidenses devolvieron en 1961 el edificio a la justicia bávara, Nuremberg vivió de espaldas a ese legado, y esta sala no recibió especial reconocimiento. Ahora, el Ayuntamiento y el land de Baviera planean que, probablemente a partir de 2018, deje de utilizarse como sala de juicios.

En fecha tardía, hace sólo cinco años, se inauguró en la última planta del edificio el Memorium, un recorrido histórico en imágenes, textos y sonido por aquellas jornadas intensas. En la Alemania de la posguerra, donde la desnazificación afectó a grandes criminales pero dejó activos en la sociedad a muchísimos nazis de segunda fila, el mobiliario del proceso acabó en la basura. Sobrevivieron por casualidad los escasos objetos que se ven en la muestra: dos banquillos de madera donde se sentaron los acusados, un gran armario de conmutación eléctrica, y un arcón de los usados por el ejército estadounidense para enviar a Nuremberg la documentación incriminatoria que iban hallando en su rastreo por todo el país.

En el juicio se utilizaron 200.000 declaraciones juradas como prueba, y se presentaron 5.330 documentos. “Mi tarea era preparar resúmenes de las defensas de los acusados, así que los conocí sobre el papel; yo estaba en la cocina del juicio, no en la sala”, explicó Yves Beigbeder, de 91 años, que como joven jurista ejercía de asistente del juez francés Henri Donnedieu de Vabres, su tío. “Me acuerdo de que uno de los acusados, Hans Frank, declaró que sentía una gran culpa, lo cual resultó una novedad, porque todos se declaraban no culpables –resaltó Beigbeder–. Pero luego se desdijo, aseguró que hablaba de culpa en general, no referida a sí mismo. Todos daban como excusa que eran órdenes de Hitler”. Frank, gobernador general de la Polonia ocupada, sería uno de los condenados a la pena capital.

Los abogados defensores, aunque con menos margen de maniobra para recabar documentos y testigos, lograron rebatir algunos cargos, como el intento de los fiscales de la Unión Soviética de atribuir a los nazis la masacre de polacos en Katyn en 1940, que había sido perpetrada por los propios soviéticos.

El 1 de octubre de 1946, casi un año después de abrirse el juicio, se dictó sentencia: doce condenas de muerte en la horca (una de ellas in absentia, la de Martin Bormann, asistente de Hitler); siete penas de cárcel (tres de ellas de cadena perpetua, para Rudolf Hess, Erich Räder y Walther Funk); y tres absoluciones (Franz Von Papen, Hjalmar Schacht y Hans Fritzsche). Las penas de muerte fueron ejecutadas el 16 de octubre, los cadáveres fueron cremados, y las cenizas arrojadas a un afluente del Isar.

Hermann Göring eludió el cadalso suicidándose en su celda la noche anterior con una cápsula de cianuro. En una ocasión, al joven intérprete Sakheim le había tocado traducir un interrogatorio a Göring. “El letrado le preguntó por qué los alemanes habían bombardeado Londres –recordó Sakheim–, y Göring respondió que él le había dicho a Hitler varias veces que por qué no atacaban industrias militares en vez de perder el tiempo bombardeando Londres, que qué significaban unas cuantas casas más en llamas, pero que Hitler ordenó seguir”.

La experiencia en Nuremberg marcó la vida de estos nonagenarios que vivieron aquí unos meses decisivos de la historia del siglo XX. Para Yves Beigbeder, sólo estar físicamente en Nuremberg ya fue un cambio radical: “Yo venía de una Francia arrasada y pobre, y me encontré de pronto en la abundancia estadounidense; tenían hasta chocolate y plátanos”. Impactado, Beigbeder trabajaría luego en organizaciones internacionales. Fuchs dice que salió del juicio “con esperanza en la humanidad”, y se hizo sacerdote. George Sakheim estudió Psicología, turbado por las conductas abyectas que había conocido. De la ciudad de entonces recuerda Sakheim que “apestaba de malos hedores, todo estaba en ruinas, completamente devastado”. La guerra había terminado apenas seis meses antes, y aún quedaban cadáveres bajo los escombros, mientras en un palacio que había aguantado en pie se celebraba un juicio que cambió muchas cosas.

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