La Manzana esta Podrida

 

¿Cómo está la manzana?

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL Author Img

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL

01/08/2016

Hay muchos libros que intentan explicar el laberinto de la transición española. Uno de ellos es el escrito por Tom Burns Marañón, londinense de 1948, estudiante de historia moderna en Oxford con Raymond Carr, y afincado en España desde 1974 como corresponsal de Reuters primero, de Newsweek y The Washington Post más tarde y del Financial Times por último. A medio camino entre Inglaterra y España, como sus apellidos denotan, combina en su análisis la proximidad con la distancia, lo que le permite decir algunas cosas positivas del periodo que contempla, hoy raramente admitidas por los propios españoles. No obstante, su tesis de fondo es crítica, tal y como resume con precisión el título del libro: De la fruta madura a la manzana podrida. Es decir, según Burns, la democracia llegó a España como una fruta madura, que tenía que caer forzosamente dada la consolidación de una incipiente clase media gracias al desarrollo económico de los años sesenta; pero esta democracia comenzó a torcerse y a tornarse una manzana podrida desde muy pronto, a causa de la corrupción que surgió, también forzosamente, cuando el poder se consolidó en manos de un par de partidos que se han turnado en su ejercicio, basándose en sendas estructuras clientelares y sin estar sujetos a ningún mecanismo de control operativo.

A lo que hay que añadir un hecho que Burns destaca con precisión en las primeras líneas del texto: “Todo se transformó en España durante los casi cuarenta años que duró el franquismo salvo el sistema político. La España rural y del hambre se convirtió en una sociedad urbana de consumo, pero el poder lo controló siempre la misma persona (…). La democracia reemplazó a la dictadura, y a los cuarenta años de la muerte de Franco se puede decir algo parecido. La España de la Hoja del Lunes pasó a tener la oferta plural de la información digital, pero la gobernanza de su ciudadanía siguió en manos de un estamento político sellado, compacto y endogámico”. Su visión de la transición es, por tanto, ambivalente. Para evitar la fractura del país se optó –correctamente a su juicio– por la “continuidad sin continuismo” (por una ruptura formal bajo la apariencia de reforma, que no afectó de hecho a la hegemonía del grupo social dominante). Así, se consiguió “construir el mejor edificio constitucional de cuantos fueron levantados (…) en los últimos doscientos años”, lo que exigió “el mante­nimiento de la normalidad” y, por ende, “la restauración de la Corona”. Tras este proceso, y en palabras de Julián Marías que Burns recoge, España no era un fenómeno de feria, sino un país tan normal y sin complejos como cualquier otro de Europa occidental. Todo lo cual fue posible gracias a la acción concertada de los reformistas de régimen franquista (que finiquitaron el régimen), los democratacristianos (que representaron en parte al establishment), los comunistas (que fueron decisivos en tres momentos: al aceptar la monarquía y la bandera, cuando los ase­sinatos de Atocha y en los pactos de la Moncloa) y los ­socialistas (que intuyeron que el proceso les franquearía pronto el acceso al poder si se dejaban de dogmatismos y asumían un “discurso nacionalista y regeneracio­nista”).

Tras las elecciones de 1982, todo el poder quedó en manos del Partido Socialista. Tuvo a España en sus manos. Pero, sostiene Burns, “la España de la transición y de la Constitución de 1978 no contaba con los pesos y los contrapesos de una democracia liberal consolidada”, y, además, “nadie recordó entonces aquello de que todo poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Nicolás Redondo dijo –con referencia a esta victoria– que fue “lo mejor que pudo haber para Felipe Gon­zález y lo peor para el socialismo”. El felipismo –sostiene Burns-, imbuido de una pretendida superioridad moral, tenía ­poco interés por la división de poderes (“Montesquieu ha muerto”), pese a ser ésta la piedra angular de la democracia liberal. “El Partido Socialista –concluye– se recluyó más y más en su opaco aparato y en las redes clientelares que controlaba” y que, muchos años después, terminarían por estallar.

Tras la etapa socialista, el centro reformista no cuajó. “Aznar –escribe Burns– pudo haber fomentado una reforma de la ley electoral y un reglamento (…) del Congreso. Pudo haber creado el consenso necesario para reconfigurar el Senado en una cámara territorial relevante”. Pero lo cierto es que no lo hizo y que “la corrupción que (el propio Aznar) denunció con tanta efectividad no resulto ser, ni mucho menos, patrimonio exclusivo de un socialismo prepotente. La manzana siguió pudriéndose bajo su mandato”.

La última página del libro es demoledora. Dice Burns: “De haber sido, de verdad, el PP una fuerza mayoritaria, centrada y unida, la sucesión de Aznar la hubiera resuelto un proceso transparente como ocurre en las democracias de corte europeo”. No fue así. Y el destino nos deparó como presidentes a Zapatero y Rajoy. ¿A alguien le extraña la actual erosión del Estado como sistema jurídico, así como el desgobierno en que hoy se halla inmersa España?

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